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Cuando
alguien dice que está deprimido quiere indicar que se encuentra
bajo de ánimos y tal vez de energía. Existen muchas razones
realistas para este tipo de depresión, que suele ser de corta
duración. También existe la depresión aguda, que puede venir
después de una desgracia o accidente. Sin embargo, la depresión
puede ser también una enfermedad que necesite tratamiento médico.
Muchos
de nosotros hemos llegado a considerar como un signo de
debilidad mostrar que nos sentimos deprimidos. En consecuencia,
tendemos siempre a combatir esa sensación. Nuestras actitudes
hacia la depresión suelen proceder de un acondicionamiento
desde la infancia. Sin que importe lo que nos está molestando,
se espera que sigamos sonriendo y de buen talante, y nos
sentimos obligados a seguir estos patrones nada realistas. Esto
hace todo más difícil cuando nos vemos envueltos en una
situación traumática, una situación en la que probablemente
nos retiraríamos a un mundo de fantasía, si no sintiésemos un
cierto grado de depresión.
Algunas
sociedades reconocen que la enfermedad y la tristeza son una
parte de la vida, en la misma medida que la felicidad y la buena
fortuna. Nuestra sociedad parece que no quiere saber nada de
eso. La tragedia se esconde bajo la alfombra, sin reconocerla
como una experiencia humana vital y corriente.
Las
personas discapacitadas tienen que pagar un alto precio por esta
actitud. Tienen que soportar a la vez sus sentimientos de
desesperación y su incómoda convicción de que estas emociones
son algo innatural. Si consideramos las muchas razones que hay
para estar deprimido, aceptaremos que una persona con la
desventaja adicional de una incapacidad no necesita luchar para
permanecer inmune; especialmente si su incapacidad es progresiva
o sometida a avances y recaídas
alternativos; o si le ha sobrevenido de repente,
transformando de un golpe a un individuo de movimientos libres
en un inválido incapaz de mover ni los dedos de los pies.
Incluso los que nacieron con enfermedades físicas tienen que
aprender a aceptar sus propias limitaciones; la teoría de que
nadie echa de menos lo que no conoce es una tontería. En tales
circunstancias, sería extraño que uno no se sintiera deprimido
de vez en cuando.
Por
supuesto, una depresión que se prolonga indefinidamente, sin
explicación razonable, no debe considerarse como reacción
inevitable de la incapacidad. La depresión puede ser un síntoma
de cualquier enfermedad, o constituir por si misma una condición
clínica.
La
incapacidad repentina va casi siempre seguida de una devastadora
depresión. Como resultado de una enfermedad inesperada, o de un
accidente, tu cuerpo, sólido y familiar, se convierte en
incompleto y ajeno. El destino ha intervenido, cortando,
mutilando o paralizando una parte de uno mismo que siempre se
dio por segura. Después del primer impacto, suele venir la
incredulidad. ¡Esto no me puede estar pasando a mí! Pero este
estado no dura mucho; antes o después, resulta imposible negar
que de ahora en adelante todo va a ser diferente. Es imposible
seguir mirando hacia atrás, recordando el pasado, tranquilo y
seguro. Es igualmente imposible mirar hacia delante : el futuro
es impensable. La profunda desesperación que sigue se puede
comparar con un luto; nada puede compensar la pérdida.
Hay
que adaptarse y el cambio de actitud se produce de una forma tan
gradual que uno ni se da cuenta, pero en cierto punto comienzas
a comprender que un trastorno en un área de tu vida no afecta
necesariamente a todas las demás áreas. Comienzas a comprender
que, a pesar de lo que le pasó a tu cuerpo, aún conservas tu
identidad. Tu mente y tu cuerpo ha asimilado y se han adaptado a
las nuevas circunstancias. La depresión a pasado. Te sientes
preparado para afrontar el futuro.
Un
estado de depresión más corriente, compartido por los no
discapacitados, ataca durante ciertos periodos en lo que todo va
mal. La pérdida de empleo, problemas familiares, una crisis
sentimental o cualquier tensión puede dispararla. A muchas
personas, la combinación de una desgracia externa y una
limitación crónica les va mermando la voluntad. Pero es
importante distinguir si los problemas son consecuencia de la
incapacidad o habrían surgido de todas formas. Es demasiado
tentador adoptar la salida fácil y echarle la culpa a la
incapacidad, pero esto hace más confuso el caso, en un momento
en que todas las facultades deberían concentrarse en resolver,
no en complicar, el verdadero problema.
Ciertas
incapacidades traen aparejado un dolor constante. La
incomodidad, la pérdida de fuerza y la lucha por intentar
seguir adelante son factores depresivos que no se pueden hacer
desaparecer. Sin embargo, se les puede reconocer como lo que
son. La fortaleza, llevada a sus extremos, hace más mal que
bien, así que no hay que ser demasiado duro con uno mismo. Y no
hay que ocultar los sentimientos. Es más saludable quejarse en
voz alta que sufrir y resentirse en silencio.
En
ocasiones, se puede combatir la depresión con acción;
convertir la depresión en fuerza útil y luchar contra aquello
que se puede controlar: las barreras hechas por el hombre, que
hacen tan difícil la vida diaria; o las actitudes sociales
basadas en el prejuicio, la falta de imaginación o la falta de
experiencia.
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