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¡Ah,
la Seguridad Social!. ¡Ah la Administración!. A veces, cuando
ocurren estos casos dudo de si vivo en España o en un país
tercermundista (con todos mis respetos a estos países). Paso a
relatarles mis experiencias y ustedes podrán juzgar...
Soy
discapacitado, usuario de “silla de ruedas”. Padezco de
hemorroides (almorranas), y estoy preparado para operarme. Dicho
así parece fácil, pero no saben la odisea que esto ha
representado para mí.
Es
a finales del mes de enero del 2001. Bajo a mi médico de
cabecera, al ambulatorio de la calle Villalobos. Me deriva al
cirujano, al ambulatorio de la calle Montes de Barbanza nº 19.
El 26 de enero tengo cita con el cirujano. No dispongo de
bono-taxi para el traslado y no puedo utilizar el transporte público.
No obstante llamo a un taxi. Me traslado al ambulatorio. Me
acompañan mis padres. Llegamos sin novedad. El taxi nos deja
frente a unas escaleras de acceso a la clínica. Por suerte
puedo ponerme en pie, subo las escaleras agarrado a mi madre. La puerta de entrada
es pequeña, y una rampar conduce hasta el interior. Paso al
centro médico. El cirujano no está conmigo ni cinco minutos.
Manda realizarme unas pruebas. Cuando salgo, y para no repetir
mi paso por las escaleras, decido dar un pequeño rodeo. Avanzo
con la silla un poco. Me dirijo hacia delante, donde espero
encontrar un acceso más fácil. Es igual. Para acceder a la
carretera hay que pasar por dos rampas. Dos rampas que en su
desnivel, no tienen
nada que envidiar a alguno puertos de la Vuelta ciclista a España.
Mis padres me ayudan. Paramos un taxi y volvemos a casa. He de
esperar a que me den día y hora en el hospital. A los dos días
recibo una carta del INSALUD. El día 6 de marzo he de acudir al
hospital. El día anterior tengo que tomarme 16 sobres de
laxante, mezclados con 3-4 litros de agua y no tomar nada sólido
hasta que me realicen la prueba. Permanezco sentado en el WC
cuatro horas. He de ingerir
un sobre cada 15-20 minutos con un vaso de agua. Son ya
las 20:00 cuando finalizo. Me levanto del servicio con un gran
dolor de piernas y un no menos doloroso “trasero”, pero
contento porque parece ser que van a operarme...
Por
la noche, y tras tomarme el laxante, sufro una hemorragia anal.
El estado en que se encuentran mis hemorroides es
lamentable. Me levanto por la mañana, a las 7:30 y acudo a mi
cita en el hospital. Estoy citado a las 10 de la mañana. Son ya
las 11 y estoy nervioso. A las 11:30 me llaman. Parece ser que
una huelga ha provocado la demora?
Me
realizan la prueba. Por suerte no me encuentran nada más que
las almorranas. Me dan el resultado de la exploración.
El
día 7 mi madre acude al cirujano a pedir cita. Me dan el día
12 de marzo. Acudo puntual. Vuelvo a padecer con las escaleras.
Observo bien el interior. La vez anterior no tenía yo el cuerpo
para fijarme. El ambulatorio es pequeño, mas que pequeño
enano. La consulta no es más grande. No tengo sitio ni para
girar con mi silla. El cirujano “me ventila” en un “plas”.
Cuando salgo veo que los servicios están en la planta
superior. Que pasa, ¿no tengo derecho a usarlos?. Con los
resultados de la colonos copia, el cirujano se convence que es
inevitable la operación. He de esperar que me den cita del
hospital para que me operen...
El
18 de Abril acudo al Hospital Virgen de la Torre. Me hacen una
radiografía, un electrocardiograma y unos análisis de sangre.
Vuelvo a casa. Parece ser que todo “ha ido bien”. A las
13:15 recibo una llamada del hospital. Han observado algo raro
en la radiografía. ¿Antes no lo habían visto?. El día 3 de
Mayo tengo cita con el anestesista.. Creo que es el último paso
previo a la operación En Mayo voy al hospital
en el Pueblo de Vallecas. Voy a visitar al
“especialista”. Acudo
puntual a la cita. Por suerte no he de permanecer en ayunas. Voy
a ver al anestesista. Una enfermedad le ha impedido acudir al
hospital ese día. ¡Qué mala suerte!. Arreglo los papeles para
volver la “semana que viene”. A los siete días acudo al
hospital. Me ve el cirujano, bueno, la anestesista. Una señora
encantadora, pero
poco observadora. He acudido a la cita, naturalmente, montado en
mi silla. Me pregunta muchas chorradas, pero a la pregunta “¿Te
cansas?, respondo enfadado (y confieso que es raro enfadarme)
“¡SÍ, CUANDO JUEGO AL TENIS! “. Me manda realizar una
prueba de soplido. La gente “normal” presenta una curva
razonable. La mía da pena. Como no supero la “prueba”, no
pueden operarme. En el Hospital no disponen de una Unidad
adecuada para poderme atender en caso de complicaciones
respiratorias en la operación. Me derivan al Gregorio Marañón.
Pido cita al anestesista. Por suerte, valen las pruebas
realizadas por el especialista del Pueblo de Vallecas. ¡No, si
en el fondo tengo suerte!. He ido al Hospital Gregorio Marañón.
He visto al anestesista. El cirujano va a verme el día 11 de
Julio. ¿Me operaran?.
Esta
es la situación. Desde finales de enero que decidí ir al médico,
estamos en julio y aún no sé la fecha de la operación. Este
mas de medio año, he tenido que soportar dolores, me he visto
humillado, maltratado como persona (que creo serlo)... Pero aun
así (y debo de ser tonto), he de estar contento. Por fin van a
operarme las hemorroides...
No
es tan fácil, o que te creías. El día 11 de Julio, voy al
Marañón (algo pasa. Debo ser “superconocido” en el
Hospital, porque me han saludado varios armarios), al
anestesista. Hora: las 10 de la mañana. Acudo. Cuando voy al
Hospital, mi madre me viste como si fuera a una boda. “Tienes
que ir presentable”, aunque luego el médico esté hecho un
“guarro”. Entro, como es normal tarde, pero entro. Cuándo
creo que por fin voy a ser operado, ¡qué va! ¡Ni mucho
menos!. Arregla papeles para que te vea el cirujano. Mi madre
arregla los papeles, mientras bajo con mi padre, me fumo un
cigarro, y me tranquilizo. La gente va a su “bola”. Aunque
me ven en la silla, no creas que se apartan. Debo de tener cara
de “buena persona”, o mi silla no les intimida.
Me dan cita con el cirujano, con el doctor Infante, pero
como debe de ser el único medico de Madrid, y se va de
vacaciones, no puede darme cita hasta el 27 de Agosto. Estamos
en Agosto. La cita es a las 11:45. Hay que estar un poco antes
para realizar los trámites que pudieran surgir. O para que una
enfermera te indique, a veces no de muy buen grado, la sala a la
que has de pasar. He llegado a las 11:15,
son ya las 13:00 horas, estoy cansado, dolorido,
impaciente, nervioso,..., no me atienden, y tras esperar más de
una hora, comienzo a montar mi “show”. Pienso en que si están
esperando a que me muera, para ahorrarse la operación. He
llegado a una conclusión. En este país si eres tonto, eres un
alto cargo, si eres “gilipollas”, puedes formar parte del
Gobierno (por suerte hay excepciones).
El médico me ve. ¿Para qué?, pienso yo. Me dice que me
pondrá en la Lista de espera. A mi pregunta de si desde enero
no estaba ya bien que me realizaran la operación, él responde
que como no es urgente, y necesita ingresarme unos días antes
para ver mi estado¡¡¡???. Ya no le pregunto nada más. Ni le
reprocho nada, Ni le hago ningún comentario... Al fin y al cabo
en breve estaré delante de él. Estaré dormido, anestesiado.
Él estará despierto, tras una máscara blanca, que le ocultará
el rostro ante posibles testigos, y armado con un bisturí. Me
pregunta que si fumo de forma regular, “Qué va, - le contesto
– fumo “divinamente” bien...”. Lo anota todo. Cuando esté
preparado el Hospital, es decir, cuando haya una cama libre, me
avisaran por teléfono. Es una suerte tener teléfono, pero si
no lo tienes ¿llegas a operarte alguna vez?. ¿Tienen los
doctores y las enfermeras acciones de Telefónica?. Estoy en
casa. Por fin en casa. Con mis “almorranas” pero en casa. El
día 11 de septiembre empiezo las clases en el CRMF de Vallecas.
Mientras esperaré a ver si me llaman por teléfono y me operan
de una “puñetera” vez.
Los americanos tardaron menos en preparar la operación
“Tormenta del desierto”, que yo en operarme de hemorroides.
Pero claro, ellos no tenían la valiosísima colaboración de la
Seguridad Social.
Me
ha visto el “trasero” media España. Ya desvariando pienso
que podría montar un negocio. Infinidad de turistas vendrían a
Madrid, Visitarían el Museo del Prado, recorrerían Toledo, verían
el monasterio de San Lorenzo de El Escorial, y como “plato
fuerte” de la visita, contemplarían las “almorranas” del
Perales. Si se hace una buena promoción, podrían venir
infinidad de turistas, y mi “culo”
sería declarado por la UNESCO, “patrimonio de la
humanidad”. ¿Quizás piensen que mis “hemorroides”, y
debido a su tamaño, oculten un importante alijo de contrabando,
o incluso los cuadros robados a la “Koplovitz”?.
26
de diciembre. Estoy en casa, acostado en el sofá, como siempre.
Viendo televisión. El teléfono suena. Lo coge mi madre, como
siempre, que está “haciendo” mi habitación. – “Es para
ti” – me dice. Cojo el teléfono. Al otro lado del hilo, una
voz femenina que no conozco:
-
¿José Luis Perales?
-
¡Sí, soy yo!
-
¡Mire!. Es del Hospital Gregorio Marañón. El día 2 de
enero (del 2002) va a ser ingresado para practicarle la
intervención. Deberá de dirigirse a la ventanilla, situada en
la `planta baja, de recepción de pacientes...
-
¡ Muchas gracias!
No
puedo creérmelo. Deben de haberse equivocado. ¡El día 2
ingreso para practicarme la intervención!. Bueno, bueno...
El
día 2 llega pronto. Atrás quedaron las fiestas. Acudo puntual.
Tras los oportunos trámites en la ventanilla de admisión, subo
a la 2ª planta. Hablo con las enfermeras. Me preguntan sobre
medicación, enfermedades padecidas, alergias... Me asignan la
cama: 2304, y me dan un pijama enorme. Voy hasta mi
“alojamiento”. La habitación es pequeña, enana, pero aún
así, han metido 3 camas, 3 mesitas, 3 armarios, 1 televisión y
6 sillas para las visitas. Mi cama es la del fondo, pegada a la
ventana, desde la cual se ve las ventanas de la habitación que
ocupa D. Jaime de Marichalar. Me pongo el pijama y me acuesto.
Al momento llega una enfermera que me monta en una silla y me
lleva a hacerme una radiografía. Me baja hasta el sótano,
donde realizan las radiografías. Otra enfermera atiende. Me
toca el turno (la verdad es que no he tenido que esperar casi
nada). Otra enfermera realiza las “placas”. Me ve en la
silla y me pregunta si puedo levantarme. Mi respuesta es
afirmativa. “Acércate al aparato, levanta los brazos y te
agarras a esta barra”. Lo hago, pero al levantar los brazos se
bajan los pantalones. Ahí quedo, en medio de la sala y con los
pantalones bajados. Me suben a la habitación.
Me acuesto. Ceno, un cigarrito (sé que debería dejar de
fumar), veo algo de televisión y a la cama. Llega la mañana. A
las 6:30 pasan poniendo los termómetros. Hasta las 9:00 no se
desayuna. El desayuno no está nada mal, pero la pastilla de
emeoprotón (mandada por el doctor Robles, médico de digestivo,
del mismo hospital) no está. En su lugar una pastilla azul. No
me la tomo, pero voy al “control” a hablar con las
enfermeras. Me explican que la pastilla que me han dado tiene
los mismos componentes que el emeoprotón. Aún así, desconfío
y no me la tomo. Tengo algunas que he llevado de casa. La
comida, las visitas, la cena... Todo normal, pero al día
siguiente me operan. Desde las 24:00 no puedo tomar nada sólido
ni líquido. A las 12:00 va a ser la operación. La noche
trascurre con absoluta normalidad. Por la mañana del viernes,
me comunican que mi operación se ha adelantado. Al parecer, la
intervención anterior se ha suspendido debido a una inoportuna
gripe del paciente. Va a ser a las 10:00. Llamo a casa (los móviles
son muy útiles, a veces). Sobre las 9:40 llega mi madre, con
intención de ducharme. Ya no es posible. Me bajan al quirófano.
Sólo recuerdo la cara del cirujano cuando le acuso de “ser un
cobarde, por llevar la cara tapada”. La operación va bien. A
las 12:30 despierto en la “unidad de sueño”. A las 13:00 en
la habitación. Sigo sin poder comer ni beber nada. Además, me
duele bastante el “trasero” . Ese día ni como, ni ceno...
He de conformarme con una “botella de suero” que me han
puesto. El día 5 no me dan de desayunar. A media mañana, me
llevan una manzanilla. Quieren ver si mi cuerpo tolera los
alimentos. Como los tolera, me quitan la botella de suero. Para
comer me dan un poco de consomé. La cena ya es “normal”. Me
acuesto, con el “trasero” algo dolorido.
El
día 6 (día de Reyes) llega. El desayuno es normal, pero en vez
de descafeinado o Cola-Cao (que es lo que desayunan normalmente
las “personas formales”), me dan un té, completamente
descartado por mi úlcera. Tampoco está el emeoprotón. A media
mañana, un médico me comunica “si todo va bien, como
esperamos, esta tarde te puedes marchar a casa”. La comida es
“normal”, y por la tarde me marcho a casa. Con el culo
dolorido, pero estoy en casa. Sé que debería haberme quedado
algún día mas, pero recuerdo que el emeoprotón no me lo
daban, la habitación era incómoda para manejarse con una silla
de ruedas y considerando que las enfermeras, al curarme, no iban
a poner el cuidado que pone mi madre (entre otras cosas, porque
sólo soy un paciente mas de los muchos que atienden), decidí
marcharme a casa. Quizás lo haya hecho mal, pero ya está hecho
y estoy en casa. Algo “jodido”, pero en CASA.
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